jueves, 10 de mayo de 2012

Eras mi poema de invierno.

Eras mi poema de invierno. Con las estalactitas colgando de los puntos y los escalofríos encerrados en los paréntesis. Tus versos escondían una métrica sencilla pero que, cuando los recitabas con esa delicadeza, casi como un ronroneo, me hacías sentirme desnuda en medio de un vendaval.
Una y otra vez, con esa sensación de quien llora de alegría por primera vez, conseguías sorprenderme con los muñecos de nieve que construías con tus letras. Mientras tus palabras, copos de nieve que se balanceaban en mis pestañas, me hacían tiritar.

Yo ya te lo he dicho mil veces, pero tú, que tienes la cabeza perdida en el Polo Sur, nunca me haces caso. Y es que deberías cambiar de estación, de musa, que mi alma no hace más que constiparse cada vez que le recitas poemas a mi corazón. Aún así, será mejor que te des prisa en volver, que tenemos al verano pisándonos los talones y no hay nada mejor que combatirlo con una buena dosis de escalofríos.

Pero supongo que tú eres así, que apareces cuando nadie se lo espera, como un alud que te sorprende en medio de la montaña, sin avisar, congelando el eco de los últimos latidos que todavía mecían tu cuerpo.


“-Éramos dos navíos mal iluminados en la noche…- cité.
-…que pasaban al lado sin verse el uno al otro- terminó Denna.” 
(Pág. 513)
El nombre del viento, de Patrick Rothfuss.

sábado, 14 de abril de 2012

Tartamudean sus latidos.



Rompía los relojes, uno tras otro, como un proceso en cadena. Dejaba al tiempo preso entre los cristales resquebrajados en la mesa y el minutero que todavía temblaba en la esfera del reloj. Las canciones estaban en pause en el radiocasete, mientras las últimas notas de música quedaban flotando en la habitación, eternas. Todos los libros tenían un marca páginas en su interior, todas las historias estaban inacabadas, y las últimas páginas, intactas.
Tartamudean sus latidos, quedando suspendidos en el aire por un segundo, como si esperasen que una ráfaga de viento los transportase hasta oídos ajenos. Las palabras salen rozando sus labios, acariciándolos, recitando poesías nacidas en sus entrañas y cuyos versos se desbaratan nada más les alcanza un tímido rayo de sol. Los suspiros se quedan a medio camino entre los sueños y la realidad que humedece su almohada. Las sonrisas se congelan en su imaginación, sin llegar a hacerse realidad, tan sólo revelando un pequeño temblor en su labio superior.

Vivía estancada en un punto y coma que luchaba cada día por transformarse en punto y final.