Una y otra vez, con esa sensación de quien llora de alegría por primera vez, conseguías sorprenderme con los muñecos de nieve que construías con tus letras. Mientras tus palabras, copos de nieve que se balanceaban en mis pestañas, me hacían tiritar.
Yo ya te lo he dicho mil veces, pero tú, que tienes la cabeza perdida en el Polo Sur, nunca me haces caso. Y es que deberías cambiar de estación, de musa, que mi alma no hace más que constiparse cada vez que le recitas poemas a mi corazón. Aún así, será mejor que te des prisa en volver, que tenemos al verano pisándonos los talones y no hay nada mejor que combatirlo con una buena dosis de escalofríos.
Pero supongo que tú eres así, que apareces cuando nadie se lo espera, como un alud que te sorprende en medio de la montaña, sin avisar, congelando el eco de los últimos latidos que todavía mecían tu cuerpo.
“-Éramos dos navíos mal iluminados en la noche…- cité.
-…que pasaban al lado sin verse el uno al otro- terminó Denna.”
-…que pasaban al lado sin verse el uno al otro- terminó Denna.”
(Pág. 513)
El nombre del viento, de Patrick Rothfuss.